Escuela de expresión Usera. Entrevista sobre economía alternativa

Entrevista a

Kathy Otto

  1. ¿Cómo os llamáis? ¿Qué hacéis? ¿Dónde? ¿Con cuántas personas?

El proyecto se llama Escuela de Expresión Usera. Nuestro equipo era responsable de la sección de Usera durante siete años, habiendo otros equipos que trabajaron y siguen trabajando. Era un proyecto educativo de extraescolares, en concreto ofrecíamos durante el curso, clases de apoyo escolar: inglés, guitarra y teatro, y en las vacaciones organizábamos campamentos urbanos.

Trabajamos en el distrito Usera, uno de los distritos más pobres de la ciudad de Madrid. En la zona en la que estábamos había mucha inmigración (ante todo Boliviana, Ecuatoriana y Rumana), así como Gitanos y Españoles de clase baja.

El equipo núcleo lo conformábamos tres personas: Laura, la profesora de apoyo escolar y teatro, Guillermo, profesor de guitarra, y Kathy, profesora de inglés. Ante todo, al principio hicimos varios intentos de ampliar el equipo que no cuajaron por varias razones. Durante los campamentos de verano siempre contratábamos más personas, llegando a ser hasta 10 trabajando. El último curso se contrató una segunda profesora de inglés.

Sostuvimos el proyecto durante 7 cursos, desde el curso 2011/12 hasta el curso 2017/18. El primer curso llegamos a apenas 20 alumnos en total, el último a más de 100. Al principio las clases eran un trabajo de horas sueltas, el último curso estaban Laura y Kathy a media jornada. El campamento fue desde el principio a jornada completa. También vivió un crecimiento importante, tanto en semanas realizadas, como en el número de niños y también en sueldos que pudimos pagar.

Aparte de este trabajo el último curso entramos como profesores en otra asociación del barrio.

Cuando salimos del proyecto lo dejamos a manos de una compañera, Marta. Por razones varias los números cayeron algo del curso anterior.

  1. ¿Cómo os organizáis? ¿Cómo os repartís el trabajo? ¿Cómo tomáis decisiones?

Todo el proceso fue un aprendizaje a nivel organizativo. Ante todo a la hora organizar el campamento que implicó un trabajo complejo de planificación y reparto de tareas.

Nuestros principios guía siempre han sido la libertad, el respeto y la confianza. Otros criterios fundamentales era la eficacia y las fuerzas disponibles.

A la hora de tomar decisiones no tiramos por mayorías, sino que intentamos buscar acuerdos con los que todos pudiéramos estar conformes. Dentro de esto dejamos mucha libertad al criterio personal, es decir si una o dos personas vieran una acción y estaban dispuestos a sostenerla, ellos eran responsables siempre y cuando guardara concordancia con nuestros principios básicos.

Luego usamos herramientas de revisión para evaluar la eficacia y calidad de lo hecho, algo que nos ayudó a generar muchos acuerdos prácticos.

Hay que destacar que (comparado con muchos proyectos) tuvimos una gran agilidad a la hora de tomar decisiones, gracias a la confianza mutua y la capacidad de los participantes de renunciar a su posición. Como punto débil se puede destacar que había una falta de diálogo y algunos acuerdos de fondo que con el tiempo generaron mucha tensión en el equipo.

El campamento fue una parte del proyecto que nos obligó a trabajar juntos y organizarnos bien.

El aprendizaje fundamental en este campo fue que tuvimos que tomar las riendas del proyecto, es decir no dejar que personas externas lo desviasen.

Empezamos con un planteamiento asambleario en el que todos los monitores del campamento pudieron opinar al mismo nivel, pero esto llevó a que se tomaban decisiones con las que el equipo núcleo del proyecto no estábamos de acuerdo. Con el tiempo empezamos a asumir que el proyecto era nuestro y que nosotros teníamos que marcar las pautas fundamentales. Desde entonces Laura, Guille y Kathy aprendimos a escribir un proyecto marco, planificar formaciones, hacer perfiles de monitor… aprendimos a manejar el proyecto desde un rol de “responsables” del proyecto.

  1. ¿Dentro de que marco ideológico/político/filosófico estáis?

Como proyecto tuvimos tres influencias: el teatro de la escucha, la noviolencia y el pensamiento de cooperativismo integral de Guillermo Rovirosa.

  1. ¿Tenéis objetivos concretos como proyecto? ¿Cuáles? ¿Por qué estas?

Había varios niveles de objetivos, aunque un fallo nuestro fue que nunca llegamos a formular muchos objetivos explícitamente, ante todo los de largo plazo.

Siempre teníamos objetivos altruistas en el fondo: aportar algo positivo al mundo.

Esto se concretó en el planteamiento pedagógico de manera muy compleja. La idea de fondo en todo momento era aportar a los niños y sus familias para hacerles más libres y responsables. Tenemos una variedad de hechos que demuestran cómo hemos aportado algo a niños y familias concretas.

También concretamos este espíritu en muchos objetivos fuera de lo pedagógico, por ejemplo el esfuerzo continuo para mantener el proyecto accesible a la máxima cantidad de personas.

Ahora, revisando el proyecto, se puede ver como no haber formulado los objetivos a largo plazo y más allá de manera clara y concreta fue una de las causas de conflicto en el proyecto.

Otro aspecto del proyecto era que como objetivo tenía que generar un trabajo digno.

En lo más concreto llevaba a tener que generar una mínima cantidad de ingresos. Esto llevó a nivel diario a querer aumentar el número de alumnos, y muy importante para nosotros la fidelización de los que había. Esto nos llevó a desarrollar objetivos en dos niveles: la calidad de las clases y el diálogo con madres y padres. En ambos campos mejoramos mucho con los años.

Un aspecto que generó conflictos en este tema fue que teníamos definiciones distintas de trabajo digno, ante todo cuando algunos pusieron mucho énfasis en la cotización y a otros esto era un tema de menor importancia.

  1. ¿Qué hacéis diferente de empresas tradicionales? ¿Cual(es)? ¿Por qué esto(s)?

Hicimos muchas cosas diferentes.

Creo que como núcleo se podría definir que hicimos un intento de poner las personas en el centro, de cómo nuestro trabajo les servía. Esto nos llevó a una reflexión continua de cómo nuestro trabajo respondía a las necesidades nuestras como personas, las del proyecto y de las familias con las que trabajábamos, era un acto de equilibrio bajo revisión constante. Hay que admitir que en muchas ocasiones no cuidamos lo suficiente las necesidades nuestras, otra de las razones de la ruptura del proyecto.

Esta diferencia de planteamiento se aterrizó en muchas decisiones, desde los precios (¿Cuanto podemos bajar el precio para ser accesible para las familias más pobres y a la vez pagarnos un sueldo? (Ofreciendo precios especiales para familias de pocos recursos…), hasta en el planteamiento de cómo manejar los temas legales, resistiéndonos mucho al miedo a la denuncia, un miedo muy dominante en muchas empresas educativas que les lleva a poner la seguridad legal por encima de lo pedagógicamente recomendable. En varios momentos decidimos conscientemente arriesgarnos legalmente porque lo vimos humanamente correcto. Que nos pudiéramos permitir esto fue en gran parte gracias a que habíamos cultivado relaciones de confianza con las familias.

Otro punto fundamental es que en todo momento lo percibíamos como interacciones entre personas, sea entre nosotros, con los monitores/profesores, los niños o las familias. De hecho conscientemente nos rehusábamos a adoptar términos como clientes o menores, porque veíamos que son términos que deshumanizan.

  1. ¿De qué manera respondéis (o intentáis responder) a las necesidades de los que forman parte del proyecto?

Una pregunta compleja, ante todo porque no hicimos un trabajo sistemático sobre el tema, sino más bien un diálogo constante sobre los problemas que iban surgiendo.

Yo creo que lo más importante fue que tuvimos en cuenta la necesidad de protagonismo en el trabajo y las decisiones, que ante todo nos ayudó mucho a respetar las opiniones y proceso de los compañeros.

Luego hicimos mucho esfuerzo para responder a la necesidad de ingresos de los participantes, aunque no conseguimos responder a ello en pleno, logramos cubrir una buena parte de los ingresos necesario de manera bastante estable. (En este aspecto ayuda a tener en cuenta que en nuestro campo era fácil completar el sueldo con extraescolares, y que en los últimos años una gran parte de estos particulares habían salido gracias a nuestro trabajo en la escuela.)

Aparte hicimos unas acciones muy conscientes para fomentar la compatibilidad de los hijos con el trabajo, ante todo durante el campamento. Por ejemplo pusimos durante un año una persona extra para cuidar de los hijos de los monitores, ya que todavía no tenían edad para integrarse en el campamento.

Nos faltaron herramientas para responder a las necesidades emocionales de los participantes, algo que generó conflictos en varios momentos.

  1. ¿Hacéis formación? ¿Qué tipo de formación? ¿Cómo la organizáis?

Básicamente tuvimos dos líneas de formación: Una por interés propio y otra por necesidad legal.

Por interés propio organizamos dos líneas en los primeros años: Por un lado una serie de talleres de uno o dos días que organizamos, trayendo a educadores que a nosotros nos parecían interesantes. Así profundizamos en nuestro planteamiento pedagógico y a la vez dimos a conocer nuestro proyecto.

Aparte tuvimos algunos encuentros con otras personas que estaban desarrollando Escuela de Expresión en otros lugares. Aquí quiero destacar un grupo de lectura y discusión sobre el Cop-In de Guillermo Rovirosa que hicimos en conjunto con la Escuela de Expresión de Carabanchel.

En los últimos años la formación estuvo más motivada por necesidades legales, desde títulos de monitor de ocio y tiempo libre hasta un curso de riesgos laborales. Algunos de estos cursos percibimos que nos aportaron al proyecto, otros los sentimos como una pérdida de tiempo.

La financiación de estos cursos se hizo en la medida de lo posible desde Escuela de Expresión, pero como no había mucho fondo en varios momentos pagamos parte del bolsillo propio.

  1. ¿Cómo os relacionáis con la comunidad que os rodea (ciudad, barrio, pueblo…)?

Lo más importante a nivel de trabajo con la comunidad era dentro del Centro Cultural en el que trabajábamos. Hicimos muchas aportaciones, desde organizar actividades gratuitas (muchas no firmadas por Escuela de Expresión), ayudas puntuales cuando hacía falta, hasta un intento de integrarse a la gestión del centro, durante el que impulsamos algún proyecto (Huerto Urbano, Mercadillo) que siguen funcionando hoy en día.

Aparte de esto estaba nuestro planteamiento dialogante, tanto con las familias, como con las personas del centro cultural, o vecinos de la zona.

Para que esto se pudiera desarrollar un punto importante fue que dos integrantes del proyecto vivieron en el barrio. Era parte de una apuesta consciente de integrar el trabajo en la vida. Así que el trabajo en la escuela se complementó con la convivencia vecinal y implicación en otros proyectos barriales, por ejemplo cuando entramos a la gestión del centro cultural. Con los años conseguimos generar toda una red de relaciones personales y semi-institucionales, aunque muchos a nivel superficial, con los vecinos del barrio.

  1. ¿Formáis parte de redes profesionales? ¿Cuáles? ¿Por qué estas?

No, en algunos momentos pensamos en ello pero no nos dieron las fuerzas ni a evaluarlo bien.

  1. ¿Apoyáis la economía local de alguna manera? ¿Cómo lo lleváis a cabo?

Realizamos muchas compras en el barrio, por ejemplo en una papelería cercana a la escuela.

A nivel monetario lo primero que destacar es que nos financiamos exclusivamente por las cuotas aportadas por las familias que recibieron nuestros servicios. La primera razón de ello fue el deseo de mantener nuestra autonomía.

Acerca de los sueldos al principio del proyecto planteamos una reflexión: “que la justicia salarial depende de una mezcla entre las horas trabajadas, las capacidades de trabajo y las necesidades personales”. Un ejemplo práctico es que una persona con hijos tiene menos tiempo y energía pero más gastos que asumir, similar en casos de enfermedad. Hicimos un intento de hacer un reparto de sueldos buscando el equilibrio entre estos factores, que fracasó por falta de madurez y tiempo.

Al final durante el curso pagamos por porcentajes según los ingresos que había generado cada integrante, es decir un porcentaje se iba para el alquiler, uno para el fondo del proyecto y el resto se quedaba el trabajador. Como el alquiler se pagaba por horas, había un pequeño reparto, ya que las clases con más ingresos aportaban bastante más al alquiler, así íbamos librando dinero para pagar algo por los grupos más pequeños.

No lo vimos como una solución óptima, pero era el máximo posible con nuestra realidad.

Durante el campamento había un sueldo igual para todos los que trabajaron. Se nos hizo injusto, ya que los organizadores pusimos mucho más trabajo que los monitores. En los últimos años empezamos a desarrollar un plan para pagarnos dos sueldos, uno por el trabajo realizado durante el campamento y otro por el trabajo preparativo. Por varios problemas y cuentas muy ajustadas no llegamos a pagar esta parte bien.

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